El otro día en “Una nueva forma de hacer política” hablaban de la futilidad de las banderas desde un punto de vista ciertamente peculiar. La idea de la politización de las banderas es un hecho interesante, sobre todo las consecuencias a lo que ello nos ha llevado. La conclusión de que somos un “país de países” vicia un post tan bonito. Es decir, desde ese instante queda implícita la apariencia “opresora” de la rojigualda y el carácter “libertador” de enseñas como la ‘ikurriña’ o la ‘senyera’. Al fin y al cabo, la conclusión implica reconocer las pretensiones de los nacionalismos españoles de fracturar la unidad que los propios españoles se han dado en referéndum.
Sacralizar dicha unión me parece impropio, como impropio me parecen los nacionalismos periféricos tan imbuidos de romanticismo alemán y una retórica ciertamente inquietante. El rancio patrioterismo anquilosado en la derecha más extrema española y que viene de períodos pasados no me parece demasiado representativo, como tampoco me lo parece la retórica independentista y de confrontación que rezuman los movimientos que aspiran a hacer de este país, un “país de países”.
¿Qué nos pasa en España para mirar siempre al pasado y a enzarzarnos en discusiones medievalistas? Tenemos un reto en el medio plazo muy distinto de las discusiones forales españolas: la integración europea. Cuando disponemos de una integración a nivel continental en un plazo de tiempo tan cercano, hablar de derechos medievales o humillaciones dieciochescas me parece como discutir acerca de si mañana lloverá o no. Algo intrascendente.
Los patriotas, los espadones militares y políticos son sólo como ese gramófono de Delibes al que muchedumbres carentes de pasión echan monedas para escuchar frases rimbombantes, que parece que pidan mármol. Son los modernos flautistas de Hamelín que embaucan a todo un pueblo carente de espíritu como es el nuestro y al que tapan los ojos para no ver lo bonito que nos espera, poder crear un sentimiento de unión desde el círculo polar ártico hasta las Islas Canarias. ¿Quién sabe si un día podamos aspirar a ser un único país, un único planeta?
El peligro del internacionalismo es la pérdida de autonomía individual, y por lo tanto, de libertades. Cuantas más divisiones administrativas tengamos, más competencia entre ellas, y más moderación sufren las leyes de un lugar (si no me gusta lo que hace mi parlamento, voto con los pies y me voy al pueblo de al lado). Esto es, más o menos, lo que pasa en EEUU.
Por otro lado, creo que los españoles compartimos una serie de características entre nosotros y con nadie más. Yo estoy orgulloso de algunas de esas cosas y me echo las manos a la cabeza con otras, pero no tengo duda de que son mías (compartidas con la de otro país, en mi caso).
Yo sí creo en el patriotismo, pero el positivo, no el excluyente. Lo mío me gusta por serlo, por cercanía, pero eso no quita para que lo ajeno me fascine.
No hay que confundir patriotismo con nacionalismo, que sí rechazo. Según la wikipedia, el patriotismo “no necesita de una forma de gobierno para manifestarse”, al contrario que el nacionalismo. Y esa diferencia es muy importante.
Soy uno de esos desfasados a los que oir el himno de España les eriza el vello de los brazos y a los que la estampa de la Plaza de Colón en Madrid le parece digna de un sello o algo por el estilo.
Soy un apasionado de los himnos y las marchas marciales que me recuerdan a tiempos en los que ser un patriota era algo positivo, una verdadera virtud.
Tienes razón cuando dices que no se puede confundir entre patriotas y nacionalistas; yo he cometido ese error pero es que en este país, ¿cuántas veces hemos de oir gilipolleces como “si los catalanes quieren irse de aquí, que se largen” camufladas de patriotismo barato?
Creo en el federalismo mundial como un paso inevitable a retos futuros como la colonización de planetas próximos -que también creo como inevitable en el muy largo plazo- sin olvidar las distintas entidades nacionales que tenemos en el planeta. No obstante aquí somos muy especialitos.
En este país falta un proyecto integrador. ¿Qué meta tenemos como país? Es decir, es algo muy subjetivo; lo sé, pero en EEUU se nota ese ambiente nacional, como en Francia, como en Alemania -con excepciones, quizás los bávaros-…Son países con proyecto, con cierta ilusión.
¿Qué es lo que nos falla aquí para construir un proyecto que ilusione, que haga que la gente no se avergüence de una enseña?
Creo que hasta que no tengamos un proyecto definido, al margen de luchas políticas, no podremos hablar realmente de que nuestro país es un verdadero punto de reunión de las distintas sensibilidades que nos caracterizan.
Interesante el problema que planteas: ¿cómo un país tradicionalmente fracturado, donde unos se avergüenzan de la historia y otros la falsean, puede encontrar un proyecto en común? Tengo clara mi visión de España, pero otros se sentirían fuera, me temo. Pensaré mucho en todo eso, ¡es materia para un libro entero!
De momento, como se hace con muchas cosas, quizá simplemente haya que dar ejemplo y esperar que influya la visión de uno.